Famiglia, passione, lealtà.

La noche anterior a la grabación revisé varias veces los documentos que indicaban cada detalle del plan de producción en el disco virtual de Google Docs. Los planos y diálogos con los actores flotaban en mi conciencia y la adrenalina de enfrentarme a la consecución de una idea tan planeada, no me había dejado dormir tan tranquilo. No se trataba de inseguridad, era más un asunto perfeccionista. Perfeccionismo que muchas veces prefiero ver como un obstáculo para evitar felicitaciones.

No hay nada más bonito que respirar el aire fresco de la mañana en Bogotá; los pulmones se invaden de aire húmedo y los pájaros copetones (insignia de la ciudad) se comunican entre sí con sus hermosos silbídos a pesar del ruido natural de la metrópoli.

En la puerta del edificio Henry Faux, ubicado en pleno centro, podíamos aspirar la frescura del agua aromática, el tinto y el canelazo que vendía un hombre de unos veinte años. Natalia, amiga querida y productora del proyecto, estaba preocupada porque habían transcurrido unos minutos de más según la hora acordada con la banda, y por el momento nadie había llegado. En este trabajo los obstáculos siempre aparecerán para no hacernos olvidar que muchas veces ese es el precio de la fe y la pasión.

Ella, desde el inicio del proyecto había dado visos de su gran talento a la hora de mediar, obtener y no defraudar. El celular que tenía en la mano lo apretaba tanto por la tardanza de Lealtad, que la desesperación llegó a visitarme por un instante pero la dejé ir. Estúpido hubiese sido si la invitaba para quedarse - después de mucho tiempo - estaba teniendo un respiro creativo necesario para sonreír.

Wálter, amigo, vocalista de la banda, asistente de dirección y editor del video, se había comunicado con nosotros. Como es apenas normal en una ciudad con graves falencias en sus vías, se le había hecho un poco tarde (digámoslo así para no echarle la culpa a nadie). Mientras tanto, Natalia y yo lo esperaríamos cruzando tan solo un par de frases, a la vez que dejábamos descansar un par de maletas muy grandes, llenas de elementos de utilería en el suelo.

Al tiempo que meditábamos sobre lo que se venía, Lorenza -amiga, artista y foto fija- arribó para darnos vía libre en el edificio donde todos los días construye las ideas de su proyecto personal, facilitándonos sus pasillos misteriosos y llenos de historia para grabar; al fondo del corredor del piso 9, en su oficina, podríamos colocar los elementos que utilizaríamos en la producción, al tiempo que los actores podrían vestirse y maquillarse, mientras se adentraban en personajes ideados con minucia a pesar de la escasez de las escenas.

La espera traía su recompensa. Wálter había llegado junto a los demás miembros de la banda y algunos de los actores con los que grabaríamos algunas escenas. Su hermanita que no veía desde hacía algunos años, caminaba al lado de su padre quien actuaría en el video personificando a uno de los hombres de confianza de don Tomás, un capo con el que Antonio -el personaje principal del video- haría negocios.

Luego de organizarlo todo en la oficina de Lorenza, salió la banda por el pasillo que habíamos seleccionado para empezar, detrás los camarógrafos, armados con sus herramientas de trabajo y por último Natalia, Lorenza y yo. El viaje apenas había empezado…

Pasaron los minutos y el playback había funcionado correctamente. Luego de hacer las tomas que necesitábamos, la música había sido detenida en el Ipod para evitar la molestia de los señores que llevan más de tres décadas trabajando en el edificio y de seguro podrían incomodarse con el estruendo de las guitarras, el coro y el sonido particular del hardcore. Todo iba bien, desde el uso de la claqueta que había comprado unos días antes por internet, hasta el detalle en los gestos de cada uno de los actores y miembros de la banda que armonizaban el ‘look’ que tenía pensado desde el inicio para el video.

A su vez, Natalia miraba constantemente el reloj para cumplir estrictamente con el plan de producción. Apenas habíamos empezado, pero estaba seguro en que todo saldría bien; hacía lo que quería y con los que quería.

Aparte de las escenas planteadas en el guión, hicimos algunas imágenes de apoyo que servirían para el momento del montaje y otras tomas en las que procuré que cada personaje tuviera su propio espacio en un plano en el que fuesen protagonistas; luego serían ilustrados por Alfredo, un amigo y talentoso artista que le daría más fuerza a la narrativa de la historia a partir de su trazo y la particular manera de representar desde sus sentimientos y conocimiento, cada situación para convertirla en cuadros que para mí valen oro.

Un billar situado en el mismo lugar en el que asesinaron a Jorge Eliécer Gaitán en 1948, un apartamento de un gran artista fallecido en el Barrio Restrepo, un motel frente a la Plaza de Toros en La Macarena, un Chevrolet Malibú escarlata 1966 rodando por Teusaquillo, un mirador ubicado arriba del Parque Nacional y un apartamento moderno en Suba, serían los escenarios donde se desarrollaría la historia. Durante cuatro días enteros de grabación traduciría en imágenes una idea fundamentada en distintos referentes con los que buscaba hacerle una apología a algunos de mis más admirados directores y actores del cine gángster. Dirigir nunca había sido mi objetivo, pese a eso acepto que era imposible no disfrutarlo. Incentivar la memoria emotiva de los actores, desarrollar las escenas según el guión, demarcar las pausas, la puesta en escena, el vestuario, la utilería y la puesta de cámara (incluso cuando surgen situaciones espontáneas); establecer un diálogo sincero y directo con el reparto y el equipo de trabajo, pero sobre todo sentirme apasionado por mi trabajo, valía la pena, era lo que alguna vez mi hermano quiso hacer y estaba sucediendo.

En el famoso ‘opening’ de El Padrino (1972), Don Vito Corleone girándose en la silla de su despacho, acaricia un gato mientras conversa con Amerigo Bonasera, el consternado tipo que va a pedirle ayuda. En el momento en el que rodaban la famosa escena, el grisáceo felino deambulaba por los estudios de Staten Island y el director de la película, Francis Ford Coppola, tuvo una corazonada. Lo incorporó a la escena y se convirtió en un elemento esencial en la figura del gran capo. ¿Cómo no sentirse motivado cuando suceden situaciones así de extraordinarias en las artes visuales?… - Malas Mañas de Lealtad a la Cru es el primer paso y debía ser firme-.

Así como el actor busca incesantemente entre sus recuerdos para llenarse de emotividad al momento de la acción, con Wálter hicimos lo propio cuando pensamos en la idea para el guión. No sé bien cuántas horas nos agarramos la cabeza, escribiendo sobre un papel acerca de las posibles historias que le darían fuerza a la canción. Sólo sé que recurrí a las películas y series de televisión en las que la familia, la tradición, el honor, el orgullo, el respeto, la palabra y sobre todo la LEALTAD eran más grandes que la codicia y el asco por el mundo.

Martin Scorsese hizo dos breves apariciones en Taxi Driver (1976) - una como el pasajero amenazante que Travis Bickle pasea por Nueva York y otra sentado en un banco mientras mira a Betsy- eso me hizo pensar en la posibilidad de realizar un cameo que me permitiese sentir la majestuosidad de interpretar un personaje frente a la cámara, aparte de rendirle tributo con la famosa escena frente al espejo de De Niro probando sus armas, más conocida como ‘Are you talkin’ to me?’. Ahora imagínense la dificultad que eso representa si nunca había dirigido y actuado. Era un reto que valía la pena tomar, pues estoy seguro que el video no se perderá entre la programación barata de la televisión local o entre las innumerables apariciones que pseudo-artistas suben en la red con coros repetitivos y videos mal logrados. Esto no es Hollywood, pero lo hacemos bien (pensé).

Hablar del niño que personifica a Antonio sobra y cuando vean el video sabrán la razón. La verdad entregó mucho más de lo que esperaba, como imaginarán, trabajar con niños trae sus riesgos, más en el tratamiento de una historia adulta en la que abunda la tentación. Por tal razón procuramos entre Natalia, Lorenza, Wálter y yo, hacerlo con tacto, no queremos que el video se convierta en un debate absurdo en un país en el que pasa de todo pero a la vez no pasa nada.

Su figura dentro de la historia, es una remembranza personal de lo que soy; no crean que sería capaz de vivir la vida de un gángster con grandes lujos y persecuciones, tan solo es la representación de lo que he sentido cuando veo a personajes como Vito, Michael, Sonny y Fredo Corleone, Tom Hagen, Tony Soprano, Silvio Dante, Chris Moltisanti, Paulie Walnuts, Tony Montana, Carlito Brigante, Sam Rothstein, Nicky Santoro, Henry Hill, Jimmy Conway y Tommy DeVito entre otros. Es la libertad de ser lo que imagino cuando veo escenas de clásicos cinematográficos por un instante. Es el respirar profundo y soñar despierto.

El video es un trabajo mancomunado, por eso mi agradecimiento sincero a quienes contribuyeron para ser parte de esta historia de 4:27 minutos, ustedes saben quiénes son. Enhorabuena hemos subido el primer escalón, ahora esperamos con ansias que la escalera sea mucho más larga. Grazie mille de nuevo y disfrútenlo.

(Si quiere conocer más acerca de Lealtad a la Cru, hágase fan: https://www.facebook.com/LEALTADALACRU).

Casamari

La gita estaba planeada desde hacía varios días en la cartelera de eventos de la Casa donde vivía junto a otros 40 Hermanos de La Salle. Allí compartíamos un limoncello o una sambuca luego de cada comida y algunas veces leíamos los periódicos del día para intercambiar comentarios.

En realidad no era una gita, más bien era un retiro que se organizaba cada seis meses. En esta ocasión el director de la Comunidad, había escogido ir a Casamari, una abadía ubicada en Veroli un municipio de la provincia de Frosinone dentro de la región de Lacio. Allí estaríamos durante tres días internados en un mundo espiritualmente distante para mi; también habrían jornadas de lectura y soledad, pero sobre todo habría una especie de reencuentro personal en el que por momentos estaría seguro de enviar todo al carajo.

La distancia entre Roma y Veroli no supera la hora y media de recorrido; las amplias avenidas italianas permiten acercar lo deseado con mayor facilidad (en mi caso). Después de cruzar un par de montañas, divisé a lo lejos el imponente monasterio inmerso en la eternidad del tiempo; al igual que los legendarios árboles que se amontonaban a su alrededor para abrazarlo con sus copas grises.

La llegada al sitio resultó un verdadero acto de introspección; el silencio que rodea cada espacio me permitió que la conexión con la respiración me hiciera pensar en un desdoblamiento inminente, a la vez que escuchaba a los pajaritos cantar mientras el viento intentaba tumbarlos con su fuerza.

Cada espacio de la abadía cuenta con una historia fulminante para los los amantes del pasado y su importancia en el presente. Al caminar, las piedras entrelazadas, las gárgolas, los frescos, las tumbas, un reloj solar y miles de historias se presentaron como anfitriones para recordarme que los castillos de LEGO que armaba cuando niño me habían convertido en su personaje.

Siempre que arribaba a un lugar nuevo junto a los Hermanos, nos dividíamos en grupos según la preferencia que tuviéramos para recorrer lo desconocido y así poder capturar lo predilecto en fotos o imágenes mentales que quedarían inmortalizadas en las conciencias, según el grado de sensibilidad de cada uno. Por mi parte siempre me iba solo por ahí o al menos intentaba hacerlo, nada era mejor que eso.

Al adentrarme en la inmensidad del lugar, dí con un hermoso jardín que parecía haber sido estilizado por el Joven Manos de Tijera; cada árbol contaba con un recorte perfecto de sus hojas y en el piso yacían las tumbas de los monjes que alguna vez habían habitado y servido para el monasterio.

Siguiendo el recorrido, había que aguantar la respiración antes de abrir alguna de las puertas permitidas al público; cada una sorprendía llevando a los visitantes a una farmacia, una capilla, una licorería, una biblioteca o incluso a un museo arqueológico. Las paredes eran heladas e incluso luego de pasar los dedos sobre los bloques con que habían sido construidas, se sentía la humedad y el moho que ambientaba el lugar para sugerir que debíamos esperar una aparición repentina de Nosferatu.

No hay nada más bonito que apreciar el silencio -pensé-.

Especias, fragancias y medicamentos antiquísimos, sumados a pinturas que rememoraban a El Bosco, hacían de la farmacia, el lugar más impresionante de la abadía. Por supuesto, la nave central de la iglesia y los rincones apartados del tiempo, maravillaban con su esencia. Pero la farmacia, era la farmacia.

Podría escribir algunas líneas para describirla, pero si se fijan en las porcelanas, las pinturas, la composición, la estética y hasta las cortinas del lugar, es prudente no hablar de más.

Al caer la noche, internado en el cuarto que nos habían asignado a cada uno. Una pequeña mesa de noche en la que reposaba la Biblia y un libro de cantos en latín e italiano se presentaban como acompañantes de una jornada que sería bastante difícil para mí. Nunca será fácil orar si no se tiene fe, y no siempre será suficiente intentar tenerla.

Los Hermanos acostumbraban a cenar temprano. Luego de hacerlo, nos internaríamos en una actividad en la que hablaríamos unos con otros y observaríamos la intervención preparada por algún miembro de la comitiva. En el fondo, todo me recordaba el colegio, pero admito que más que eso, me sentía miembro de un ejército de la fe.

-El momento de comer había llegado, gracias a Dios-.

Un salón amplísimo, con una mesa hecha de madera rústica de unos 20 metros de largo en forma de ú, sería el lugar en el que comeríamos.

Más allá de lo exagerado o solemne que pudiera resultar ingerir un alimento allí, la verdad, daba miedo. Por primera vez, había podido observar a los casi 20 monjes que habitaban el lugar. Todos llevaban una túnica blanca con negro y parecían estar entre los 65 y los 90 años. Uno de ellos era el encargado de pasar al frente de cada uno con una canasta llena de pan tostado, otro llevaba uvas y hortalizas, otro pasta recién cocida y otro finalmente trozos de pollo.

Los Hermanos y yo nos habíamos sentado justo en frente de ellos, que parecían estar concentrados únicamente en comer. El ambiente parecía el de una película de suspenso; era claro que debía apagar mi celular desde el inicio, pues nadie pronunciaba una sola palabra. Los monjes, eran monjes de clausura. La clausura tiene la finalidad de mantener un clima de recogimiento, silencio, oración y purificación espiritual para la búsqueda de la unión mística con Dios. Para algunos descabellado, para ellos una opción de vida respetable y desde otra perspectiva, admirable. Su boca sólo la abrían cuando caminando uno tras de otro con la cabeza agachada, se ubicaban en los reclinatorios especialmente diseñados para cantar en grupo alrededor del ábside de la iglesia.

Los monjes miraban fijamente a los ojos a cada uno de los miembros de mi comitiva, cada vez que uno de ellos sacaba un poco de las canastas con las que pasaban repartiendo los alimentos. Al pasar en frente mio, uno de ellos, me observó con detenimiento a los ojos y prosiguió dejándome una extraña sensación. Nunca había estado en un ritual así. Estaba muy lejos de casa y acostumbraba a comer sin tantas arandelas.

Al salir del recinto, miré mi reloj para saber cuánto tiempo podría reposar antes de la siguiente actividad del retiro. Me dirigí a mi recámara y pensé tantas cosas que el mundo cambio sus dimensiones en un abrir y cerrar de ojos.

Al salir a la hora establecida, el Hermano Jesús, de origen mexicano, nos sorprendió con su intervención: había proyectado una escena en la que Robert de Niro y Jeremy Irons se abrazan, luego de que el primero fuese perdonado por los indígenas guaraníes del Paraguay. Todo musicalizado por el Maestro Morricone y finalizado con una reflexión impresa que sin duda me había tocado el corazón.

No sé cuántas cosas habrían que pasar para pensar en la separación física del mundo y tomar como opción de vida el silencio. Pero al menos estaría seguro al irme, de que todo lo que contemplé y viví aquella vez sería indeleble, porque por primera vez, dejé que mi espíritu no fuese coartado.

Luego de un par de años de haber estado allí, anhelo que los monjes a través de sus oraciones intercedidas, logren conmover al mundo.